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José C. Valades
HISTORIA GENERAL DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA
TOMO QUINTO
CAPÍTULO 40 - OTRA POLÍTICA
EL PRESIDENTE ALEMÁN
El licenciado Miguel Alemán fue presidente de la República el 1° de diciembre de 1946. Tenía de edad cuarenta y cinco años. Una década y media anterior al acontecimiento, era hábil abogado, con la vista fija en los negocios políticos, —que había
tentado como mano enguantada en 1927- pero dedicado a los
negocios particulares, conexivos a las fuentes del trabajo.
Su ingreso, durante el presidenciado de Ortiz Rubio, al
mundo oficial, le colocó en el camino de su verdadera vocación,
empezando así una carrera política en la que hizo sobresalir,
aparte de su audacia, su talento excepcionalmente analítico,
cualidad que no siempre poseen los individuos con inclinaciones
al mando y gobierno de los pueblos.
Gracias a tan innata propensión y a la idea de previsión que
le iluminó cuando fue gobernador de Veracruz, Alemán no
ignoró, desde que se sintió con la responsabilidad de su efectiva
presidenciabilidad, que a pesar de que no existían caudillos de la
Guerra Civil con la capacidad de estorbar las funciones del
sexenio constitucional, ya no era posible un gobierno sin
partido propio, puesto que de otra manera estaría bajo la
amenaza de generales que, sin haber sido figuras en la guerra,
podían convertirse en adalides no tanto de principios revolucionarios,
cuanto de una tradicionalidad guerrera mexicana.
La precaria política de transición presidida por Portes Gil y
el fracaso de Ortiz Rubio, fueron para un líder político sin la
ascendencia del vivaque revolucionario, advertencias preliminares
que obligada, patriótica y constitucionalmente deberían ser
aprovechadas, puesto que cualquier intento para amenguar o
destruir la autoridad del Presidente podía ser fatal a la República.
Frente a tales consideraciones, Alemán no dudó en
organizar dentro del partido de la Revolución, ahora apellidado,
se repite, Revolucionario Institucional, su propio partido —el partido alemanista; pero como desde el gobierno de Cárdenas estaba suspendido el debate político en el Congreso, y con ello
se había exterminado la independencia de los gobernadores y
los secretarios de Estado se hallaban constreñidos a meras
funciones de secreteos, negocios y menudencias administrativas,
y con todo no existían individuos sobresalientes con quienes
organizar un agrupamiento apto para emprender una obra
constructiva, así como para defender tal o cual obra y con esto
al Presidente, Alemán buscó, para rodearse de ellos, no tanto a
quienes fuesen los más distinguidos en México, sino a sus amigos
de confianza, aunque con el tino de elegir entre tales a los más
inteligentes. De esta manera, el gabinete presidencial, exceptuando
de éste a Nazario S. Ortiz Garza, persona de muchas
singladuras políticas y de un talento para el mando y gobierno
pocas veces visto en México, dio la idea de ser un mero círculo
de amistades.
Quiso, sin embargo, el Presidente corresponder a la República, que con no poco estupor concurría al triunfo de aquel tipo
de gobernante mexicano, ganar la confianza del país, entreverando
entre sus amigos a intelectuales como Alfonso Caso,
Héctor Pérez Martínez y Jaime Torres Bodet; y como si esto no
fuese bastante, empezó su sexenio llamándolo, aunque no con
mucha propiedad en los que respecta a propósitos, régimen de
derecho: y esto no era tanto una novedad, cuanto un aviso legal
y oportuno para quienes, haciendo memoria de lo ocurrido a
Portes Gil y Ortiz Rubio, pudiesen creer factible realizar
hazañas contrarias a la estabilidad del gobierno nacional.
Para dar más énfasis a la proposición de un régimen de
derecho, el nuevo Presidente entregó la dirección del congreso a
su amigo personal, el coronel Carlos I. Serrano, persona ajena a
la legislación; pero con agradables cualidades para manejar a los
hombres, cosa a la que se prestaban con placer los miembros de
la cámara de diputados y el senado, en quienes se habían extinguido
los rastros del asambleísmo deliberante, que a pesar de la
censura y disciplina de partido existieron todavía hacia 1932.
Sin embargo, mucho afeaba a Serrano su cáracter irreflexivo,
tumultuoso y violento, propio del hombre que súbitamente y como obra de la milagrería se sienta en la cresta de la montaña. Y como si esto no pareciera suficiente para garantizar la firmeza y lozanía del sexenio, Alemán mandó la reorganización de las guardias presidenciales, que a las órdenes del general Juan Valdés, constituyeron un cuerpo de seguridad, digno y necesario
para la custodia, estabilidad y desarrollo del Estado mexicano;
pero sobre todo para custodiar y garantizar la vida del Presidente.
Alemán llegó, pues, al Poder, no a fin de hacer tanteos o
ensayos políticos y administrativos, sino para dirigir los negocios
de la Nación. Para lo mismo, como se ha dicho, no le
faltaban ni los arrestos ni las cualidades más sobresalientes con
las que suelen adornarse los gobernantes y confortar así el
trabajo y dicha de los pueblos.
Y no sólo a dirigir los negocios del Estado llegó Alemán.
Llegó asimismo a estimular la iniciativa del talento y de la
empresa; pues él propio era una almáciga de ideas, porque
habiendo tenido oportunidad de conocer y enlazarse a los
asuntos del país durante los seis años que trabajó en la secretaría
de Gobernación, y poseyendo verdaderas facultades
intuitivas, bien sabido tenía que careciendo la República de
recursos físicos abundantes, se hacía necesario poner en
actividad los recursos humanos, y como para el objeto se hacía
indispensable acrecentar la laboriosidad del mundo oficial,
Alemán empezó poniendo el ejemplo en el trabajo; y de tal
suerte, empezaron las promociones, y la vida del mundo oficial,
anteriormente rutinaria, y en tren de mediocridad, se convirtió
en un centro de actividad. El tipo del funcionario público surgió
con una nueva mentalidad, ahora que con ello adquirió proporciones
en el campo de las osadías, dando lugar a la fundación de
un inmensurable teatro político dentro del cual, el dinero fue el
tema principal.
Era incuestionable, pues, que Alemán con la desenvoltura de
su personalidad, la confianza en sus propósitos y el poder que
ejercía sin más límites que el de la probidad personal, dio al
régimen presidencial el carácter de una revolución administrativa.
Así, no sería extraordinario observar, como siempre dentro
de las empresas portentosas, grandes acontecimientos, máxime
que cuando las naciones quieren probar fortuna deben saber de
antemano que los bienes, al igual que los males, corren parejas si
hallan a su frente un camino ancho y expedito para dar igualdad
a todos los hombres y a todas las acciones.
Por otra parte, no serían únicamente el espíritu del patriotismo y responsabilidad insosegados que había dentro de
Alemán, lo que iba a abrir una etapa de México.
En efecto, el desarrollo orgánico de México y los mexicanos,
acicateado por la inspiración creadora de la Revolución había
constituido, al correr de los años, una clase selecta, no sólo en el
orden político; también en los órdenes sociales y económicos;
con menos vigor en el orden de las culturas humanas y científicas.
La Revolución no había creado únicamente agraristas.
Había creado la ambición de poseer y brillar. La creencia de que
la Revolución iba a detenerse en la integración rural, correspondía
a una edad de política hazañosa; de ninguna manera a
una realidad mexicana.
La connacionalidad que no había alcanzado al través de la
Revolución la plataforma del mando guerrero o político, ahora
requería su ascenso al tablado de las experiencias y victorias del
dinero. No toda la gente mexicana iba a conformarse con el
laurel para una clase y la marchitez para otras partes de la
población nacional. La Revolución en su evolución creadora no
había dictado sentencia discriminatoria. El horror que llegó a
ser el cardenismo faccional y oportunista, que no correspondía
al cardenismo generoso del general Cárdenas, se debió a la ignorancia a la cual se quiso condenar a la población mexicana que,
gracias al incentivo de la Revolución, quería la formación de
una clase selecta rica; de ser posible, también poderosa.
México, por no haber concursado en la Revolución
industrial, no podía ser un país capitalista. Los esfuerzos del
capitalismo revolucionario de los comienzos del siglo XIX, que
con Lucas Alamán, Esteban de Antuñano, Francisco Arrillaga y
Antonio Escandón tuvo sus adalides, enmudecieron en medio de
tan grande catástrofe, debido a que el país carecía de los
recursos primeros industriales, que no le fue posible volver atrás
ni con el más ardiente y noble de los patriotismos ni la mayor
de las osadías. Eso fue en la centuria décimononesca. De esta
suerte, para dar cauce a aquellas ambiciones de la clase selecta
mexicana, era necesario, a la mitad del siglo XX, crear un sistema
de riqueza específico, o abandonar la idea de tal sistema
para proletarizar al pueblo mexicano. Alemán, pues, se descubre
en los documentos oficiales y privados, confrontó este dilema: o
repartir las pocas riquezas existentes, o hacer riquezas, para
después distribuirlas equitativamente. Esto último, era
compatible con el desenvolvimiento que adquiría el país. El
desarrollo de la urbe, en seguida de la integración agraria, era un
faro que no podía ser perdido de vista. Había un estado nacional
de gravidez social. Cárdenas la advirtió, aunque sin llegar al
análisis y conclusión durante la crisis de 1940. Avila Camacho la
sondeó después de su ensayo verbal de anunciación cristiana.
Alemán la hacía tangible ahora, en sus manos. Su sensibilidad
política le decía que de no ser atendidas las urbes, el país estaría
amenazado de nuevas catástrofes. Bien comprendió el nuevo
Presidente, que el futuro de la paz nacional ya no estaba en el
campo ya cumplimentado, sino en la ciudad; y como la ciudad
quería riqueza, se dispuso a dársela, pero como no era posible
un capitalismo, tanto por extemporaneidad como por ser éste
adverso a la esencia de la Revolución, sin Carta nacional
expresa; pero iniciando un derecho consuetudiario, empezó a
dar alas a la riqueza particular, de donde se originó un
millonarismo sui géneris, puesto que sin corresponder a actas
legislativas, podía estar sometido, en caso necesario a las
correcciones del Estado.
El camino elegido era muy audaz, y sobre todo fácil a la
murmuración popular, y a los apetitos clandestinos; pero
examinados esos días, aquella proliferación de riqueza que se
produjo de arriba a abajo, es decir en sentido contrario al
predicado de la Revolución industrial y el marxismo, salvó al
país de las contingencias guerreras; sembró la capacidad
personal; estableció el equilibrio societario; fue válvula de
escape a los proyectos humanos; embarneció al Estado y dio
estabilidad al espíritu nacional. Con ello la Revolución complementó
su Alta Historia. Con ello también podía hablarse de un
nuevo tipo de Presidente —del presidente Alemán.
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