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Rebelde en el paraiso Yanqui.
La vida de Emma Goldman, una anarquista rusa
Richard Drinnon
Capítulo decimosexto
El camino del infierno



En aquellos primeros años del siglo xx, los espíritus bullían y murmuraban como los cables telegráficos que, dos generaciones atrás, Thoreau encontrara tan poéticamente sugestivos.

El aire estaba lleno de júbilo, rebeldía y renacimiento. Reinaba un ambiente de fiesta cuyo centro era Washington Square. Aquella época fue hija espiritual de la tumultuosa y rebelde década de 1840, que Emerson describió tan exactamente; como entonces, el período se caracterizó por un despertar del espíritu. A decir verdad, muchas veces el murmullo que levantaban los espíritus que comenzaban a tomar conciencia de sí mismos se acercaba más a la cacofonía que a una sinfonía, pero había algo extraordinario: el nacimiento de un nuevo modo de pensar y de sentir. Era como si muchos norteamericanos miraran por la ventana hacia afuera y sintieran el gozo que despierta en el ánimo la primera alegre mañana de primavera. ¡Qué hermoso era despertar y sentirse vivir!

La renovación llegó hasta la vida política o, por lo menos, así querían hacerlo creer algunos. Theodore Roosevelt, el explosivo y contundente ex primer mandatario, cuyo heroísmo verbal lograba hacer olvidar que, en el fondo, no era más que un oportunista, inundó la tribuna pública con un nuevo nacionalismo.

Las personas poco advertidas pestañearon de asombro al oír qu'e los malhechores adinerados aún acechaban con intención de apoderarse de la tierra, por cuanto estaban convencidos de que el Gran Destructor de Trusts los habie eliminado totalmente años atras.

Deslumbrados por las acrobacias oratorias de Roosevelt y quizá también por sus despliegues dentales, algunos asistentes sociales, reformadores, liberales y hasta un grupo de radicales abandonaron a La Follette (1) para embarcarse en el movimiento más increíble que se recuerde: la campaña presidencial del Bull Moose, de 1912 (2).

La Convención Progresista se jactó de contar con una gran novedad: la participación de dieciocho delegados del sexo femenino, cuya presencia era elocuente testimonio de la importancia política que iba adquiriendo la inquieta mujer norteamericana.

Jane Addams, de Hull-House, la mujer más admirada de su tiempo, pronunció un discurso muy significativo. Esta pacifista se unió al militarista Roosevelt, llevada por la intención de promover reformas sociales. Más adelante bien podría haber admitido como William Allen White: Roosevelt me picó y enloquecí.

También los demócratas desplegaban furiosa actividad. Si no es demasiado costoso, con gusto compraré una ametralladora para ayudar a la revolución (mexicana) prometió Frank P. Walsh en 1911, cuando Emma le solicitó una contribución.

Dadas las circunstancias creo, desde luego, en el poder de la fuerza bruta tanto como en el de la educación. A veces la educación es demasiado lenta.

Walsh, destacado liberal y fiscal de la ciudad de Kansas -que encabezaría la Comisión de Relaciones Industriales creada por Wilson y actuaría como su representante liberal en Nueva York-, reveló en esta carta hasta qué punto era desesperadamente ingenua la fe que los hombres de su época ponían en el progreso: las ametralladoras y la educación conducían a los mismos y elevados fines, las primeras quizá más rápidamente que la segunda. Si bien el jefe de Walsh no pensaba en ese entonces enviar armas a los revolucionarios mexicanos, tenía, en cambio, y como es natural, la misma devota fe en el progreso. Aun cuando Wilson escribiera en 1911 que las fuerzas de la codicia y las fuerzas de la justicia y la humanidad están a punto de entablar un combate en el que los hombres pondrán toda su vida, en realidad no temía demasiado por el tan preciado progreso. Las fuerzas de la codicia estaban a punto de encontrar su alma mater en la Nueva Libertad de Thomas Woodrow Wilson.

El pobre Taft, que no podía ofrecer nada más nuevo que una política medianamente vigorosa contra los trusts, fue abandonado por los votantes ansiosos de entrar en una era de novedades, en la época de la Nueva Libertad o, aunque más no fuera, del Nuevo Nacionalismo.

El año 1912 fue también aquel en el que Eugene V. Debs, el candidato socialista que podría haber sido el único que realmente trajera algo nuevo bajo el Sol, recibió novecientos mil votos, cantidad extraordinaria si se piensa que entonces las mujeres no participaban en los comicios.

Pero los nuevos políticos eran, en su mayor parte, sólo el coro que cantaba la música de fondo. Aquélla fue también la época de la Nueva Poesía, de la revista publicada por Harriet Monroe en Chicago, y de la Little Review de Margaret Anderson, que luego emigró a Nueva York.

El Nuevo Teatro comenzaba a abrirse camino con las representaciones de los Actores de Washington Square y las obras de Eugenio O'Neill.

La Nueva Pintura se inauguró oficialmente con el Armory Show de 1913, y le señaló al estupefacto público que el arte norteamericano había alcanzado una dimensión extraña y diferente.

La Nueva Arquitectura tomaba extraordinario impulso: Frank Lloyd Wright ya había realizado doscientos proyectos y levantado edificios que constituían protestas increíblemente originales contra el montón de híbridos estilos de la época pasada.

La aparición en 1912 de The New Realism, trabajo escrito por varios autores, marcó el nacimiento de nuevos conceptos filosóficos.

Por último, la Nueva Historia encontró monumental fundamento en la obra de Charles Beard, An Economic Interpretation of the Constitution of the United States.

En suma, los hombres de la época adquirierop la conciencia de que habían llegado a un punto decisivo de su evolución y entraban en una nueva senda estética e intelectual.

La quintaesencia de todos los movimientos de renovación, fue el de la Nueva Mujer. En su forma extrema, la agitación feminista amenazaba obligar a la autoridad masculina a ceder iguales derechos a la mujer en todos los campos: moral, estético y económico.

La joven Margaret Sanger, por ejemplo, osó reclamar en su Woman Rebel, revista de corta vida, el derecho de su sexo no sólo a tener hijos sin haberse casado sino a ser madres solteras perezosas. Aconsejaba a sus hermanas que miraran al mundo de frente, demostrándoles a los demás que nada les importaba lo que pensaran.

En Núeva York -donde el murmullo alcanzaba su máxima intensidad- encontramos tres archisímbolos de la Nueva Mujer. Isadora Duncan, envuelta en sus flotantes vestidos y entregada a una suerte de creación vivificante, con sus danzas de vitalidad y espontaneidad casi mágicas, se ganó la profunda admiración de las jóvenes rebeldes, cuyos padres habían fruncido el ceño ante toda forma de baile. Otro centro de interés era el famoso salón de Mabel Dodge, quien recibía a toda clase de personas en el número 23 de la Quinta Avenida, exactamente frente al hotel Brevoort. Nada era demasiado nuevo para la señora Dodge.

Calculadamente enigmática, vestida de blanco y cubierta a veces con una gasa de color esmeralda, permanecía de pie en la puerta de su casa y, como en secreto, saludaba a amantes, amigos, conocidos y extraños que concurrían a sus veladas para hablar sobre Freud y los posfreudianos, el bergsonismo, el futurismo, el anarquismo, el sindicalismo, el socialismo. Con justicia, recordaba más tarde que florecía un nuevo espíritu que nos unió a todos; por doquier se levantaron las barreras y se estrechaban la mano personas que nunca habían estado en contacto. En rigor, se estrecharon la mano personas que más hubiera valido que nunca se frecuentaran, tal como ilustra una anécdota que figura en Peter Whiffle (1922) de Carl Van Vechten: una anciana dama ultrarrespetable hizo algunas observaciones sobre las pinturas modernas que Mabel Dodge tenía en la casa, comparándolas desfavorablemente con los viejos maestros de la colección de Henry Clay Frick. Tanto ella como su majestuoso marido casi caen redondos cuando Van Vechten les respondió irreverentemente que no había visto la colección de Frick pero que, a modo de compensación, podía presentarles al hombre que había atentado contra la vida del magnate.

Por fortuna, la mayor parte de los que concurrían al salón no chocaban tan violentamente como los protagonistas de este episodio. Una de las veladas más famosas fue la dedicada a un debate informal sobre la acción directa; en la discusión intervinieron dos bandos: los que apoyaban la acción directa -Emma, Berkman, Big Haywood- y quienes estaban en contra de la misma, William English Walling, Walter Lippmann y otros socialistas.

El otro arquetipo de la Nueva Mujer era, desde luego, Emma Goldman.

La oficina de Mother Earth, ubicada en el 210 de la calle 13 Este, tenía más de hogar para perros extraviados que de salón social -como bien la definió Hutchins Hapgood-, aunque no por ello dejaba de ser uno de los centros de la agitación feminista y del pensamiento vivo.

Mabel Dodge, cuya casa eclipsara en algunos aspectos a aquella bullente oficina, concurrió en compañía de Hapkood a esta última para hacerle una visita a Emma.

Estaba muy inquieta y pareció bastante sorprendida de no encontrar a los anarquistas bebiendo ponches de nitroglicerina:

Sabía que era partidaria de matar cuando era necesario -escribió ingenuamente-, pero me hallé en una atmósfera tan cálida y alegre, con una mesa hogareña preparada para la cena, y Emma en persona, con modos maternos y familiares, sirviendo a todos generosos platos de carne asada ... ¡con papas fritas! Desde el momento en que entré, me miró con los ojos de una maestra de escuela severa pero cariñosa, y estoy segura de que eso era ella en esencia ...

Los ratos de esparcimiento que rara vez se permitía el cuerpo de redactores de Mother Earth contrastaban placenteramente con la profunda seriedad general que emanaba de las páginas de la revista.

Varias veces por año dejaban las preocupaciones a un lado para entregarse a los bailes de Mother Earth, momentos de solaz que hacían vislumbrar cómo serían tal vez las horas de ocio de la época posrrevolucionaria.

En la crónica aparecida en el Eveniong Post el 24 de febrero de 1912, el periodista demuestra a las claras haber disfrutado enormemente su misión de escribir un artículo sobre uno de dichos bailes.

Describió los refrigerios que se veían sobre mesas cargadas de un humeante samovar ruso, tortas, pasteles, emparedados, frutas; el aspecto de Emma mientras se afanaba de un lado a otro cubierta con un largo delantal de cocina a cuadros, algo rolliza, y sonriendo alegremente a los muchos amigos reunidos en torno de su mesa; las animadas danzas y las canciones de contenido social que se entonaron aquella noche, entre las cuales descolló ¡Oh, cuánto quiero a mi patrón!

Una de las tertulias más famosas organizadas por Emma fue la Gran Fiesta Roja, celebrada en marzo de 1915 con motivo de cumplirse los diez años de vida de Mother Earth. Se extendió una cordial invitación, a todas las personas de roja sangre revolucionaria capaces de olvidar por un momento la guerra y las necedades y los crímenes cometidos por los radicales europeos contra el internacionalismo. Aceptaron la invitación alrededor de ochocientos individuos que representaban todas las profesiones, desde dramaturgos, pintores, compositores, poetas, actores y hasta basureros. Carlo Tresca, el anarquista ítalo-americano, se contó entre los concurrentes. Recordaba que Emma había aparecido vestida de monja y tratado en vano de ejecutar un vals llamado el Resbalón del Anarquista. Semejante ligereza y falta de decoro producía inimaginable consternación en los ciudadanos amantes de lo tradicional.

2

No debe creerse que el público necesitaba leer la descripción de las fiestas de los rojos para convencerse de que Emma Goldman era una desfachatada criminal y una mujer de moral relajada. Hacía ya años que leían relatos tan chocantes como los que la presentaban en una taberna, sentada a una misma mesa con varios hombres, la silla echada hacia atrás, leyendo un libro. En una época en la cual las mujeres aún fumaban a escondidas en gabinetes o baños, Emma osaba hacerlo en público, lo que constituía una violación tan tremenda de las buenas costumbres que muchas veces la expulsaron de restaurantes (3).

También lastimaba la sensibilidad de las personas convencionales cuando hablaba en público de cosas tan innombrables como los criminales corsés con refuerzo de acero, que aún servían de tortura a las mujeres.

En una ocasión, por ejemplo, una dama se desmayó durante una conferencia que Emma pronunciaba ante el Manhattan Liberal Club, la cual versaba sobre la Tragedia de la Emancipación de la Mujer. Ante el asombro de los oyentes, observó que el incidente era muy ilustrativo:

Esta señora nos da un ejemplo de la emancipación de la mujer. Si llevara ropas más sueltas, no se habría desmayado.

Este comportamiento libre de inhibiciones bastó por sí solo para ganarle una irremisible condenación, sin la menor esperanza de salvación social.

Cuando el público la oyó atacar también la estructura tradicional de la familia y abogar por el amor libre, su horror no conoció límites. Emma Goldman era una demoníaca Eva moderna, aliada a la serpiente; así la veían todos aquellos para quienes la carne representaba el mal, todos aquellos -y su número no debe subestimarse- que vacilaban extraña y trágicamente entre considerar a la mujer como un ángel o como un demonio, como la fuerza de la luz o la fuerza de la oscuridad, como madre o como amante, como el camino de Dios que conduce a la salvación o el del Diablo que lleva al pecado.

A los ojos de dicha gente, esa mujer llegó a convertirse en una suerte de manantial de impurezas.

Por otra parte, muchas de las personas para quienes la carne no encerraba ningún terror la consideraban una fuente de pureza en medio de una marisma de lasciva hipocresía.

Ahora bien, ¿qué entendía Emma por amor libre? Evidentemente, no pensaba en la tempestuosa falta de amor que caracterizó la relación de Abraham y Taube Goldman, ni tampoco en algo similar a su propio sofocante matrimonio con el impotente Kersner. Por el contrario, para Emma el amor libre significaba la mutua atracción, esencialmente personal, de dos seres humanos responsables. Significaba el tierno y apasionado sentimiento que tuvo por Berkman, Brady, Reitman, Milx Baginsky, Hippolyte Havel; sentimiento que nacía de una sinceridad interna apartada no tanto de la moralidad convencional como de toda mera conformidad externa.

Paradójicamente, visto su número, sus relaciones amorosas se basaron principalmente en duraderos cimientos de ternura y mutua estima. Con la sola excepción de Most, quien se mantuvo inflexible en su decisión de no perdonarla pese a los esfuerzos de Emma por reconciliarse, todos sus asuntos amorosos terminaron amigablemente, y no con una lluvia de degradantes reproches y recriminaciones.

Brady, por ejemplo, siguió siendo muy buen amigo de Emma hasta su muerte; lo mismo sucedió con Havel y Baginsky. Hasta Reitman, de quien Emma se separó en 1917 debido a su equívoca posición respecto de la guerra, siguió considerando los diez años que vivió con ella como los más gloriosos de su vida (4).

Aunque a Emma le fue imposible concretar su deseo de reanudar su antigua relación con Berkman cuando éste salió de la cárcel, ambos siguieron trabajando en estrecha colaboración. Mantuvieron su amistad durante casi medio siglo, a través de revoluciones, de la guerra y la paz, de la salud y la enfermedad, del acuerdo y la disensión.

En su amor con los hombres con quienes se relacionó, había algo más que una pizca de sentimientos maternales. Puesto que sus impulsos maternales nunca pudieron fructificar -cómo y por qué es algo que analizaremos más tarde-, parecería que parte de sus anhelos de tener un hijo se hubieran volcado sobre los hombres que pasaron por su vida.

Ésta es una de las razones por las que muchos otros amigos, además de Reitman, quedaron impresionados ante su espíritu maternal.

Para mencionar sólo unos pocos, recordaremos que Kate Richards O'Hare, aguda observadora, llegó a la conclusión de que Emma era primordialmente la tierna madre cósmica; que a Leonard Abbott le parecía maternal y compasiva; que Art Young la encontraba de apariencia y modos más maternales que destructivos; y que Roger Baldwin quedó asombrado por la cálida ternura de una madre que se ocultaba debajo del desafiante e inflexible exterior que mostraba al mundo.

Nadie puede dudar de que su vida sexual, como bien expresó Waldo Frank, fue la respuesta de un corazón maternal antes que la de un cuerpo sensual. La propia Emma rechazaba enfáticamente la idea de que amor y sexo son sinónimos. Años más tarde, en una carta al escritor Frank Harris, expone vigorosamente su posición:

Bueno, querido Frank, cuando leí tu primer volumen (de My Lile and Laves), me di cuenta de inmediato hasta qué punto es imposible ser totalmente franco respecto de las experiencias sexuales, y además serlo con arte y convicción. Créeme, no es porque tenga ideas puritanas o me interese en lo más mínimo la censura de los demás. Estas impresiones respecto de lós hechos del sexo derivan de mi idea de que lo meramente físico no es suficiente para comunicar el tremendo efecto que tiene sobre las emociones y las sensaciones humanas ... Considero que la acción de las relaciones sexuales es psicológica y no puede describirse en términos puramente fisicos.

A decir verdad, enfocaba el amor desde un punto de vista totalmente idealista. Sin embargo, su negativa a separar definitivamente su yo público de su yo privado, su absoluta franqueza y su profundo desprecio por quienes están completamente hundidos en el lodazal de la costumbre despertaban un horror culpable en el corazón de muchos individuos, muchos que tenían un yo público que hablaba en voz alta para aparentar ante los demás algo que no eran, y un yo privado que hablaba en voz baja al oído de un o una amante; muchos que estimaban necesario mantener todo lo desusado en la clandestinidad, y que se aferraban a la tradición hasta cuando se trataba de seleccionar sus vicios.

Detrás de quienes, llenos de virtuosa indignación, condenaban a Emma, se escondían simuladores de esos que se solazan con los cuentos indecentes.

También hubo episodios absurdos. Así, sucedió qUe en un hotel de Reno la presencia de aquella mujer que practicaba el amor libre provocó las escandalizadas protestas de las divorciadas que se alojaban allí. O también recordamos al cervecero de Cincinnati que golpeó a la puerta de la habitación de Emma en horas avanzadas de la noche exigiendo que lo dejara entrar; cuando Emma saltó de la cama gritando que despertaría a todo el hotel, el hombre le imploró que le permitiera retirarsa en silencio:

¡Por favor! ¡Se lo ruego! No haga escenas. Soy casado, tengo hijos grandes. Pensé que usted creía en el amor libre.

Así interpretaban este cervecero y otros el llamamiento que hacía Emma para que se optara por la riqueza creadora de un amor libre de coerciones legales, intereses económicos y obligaciones sociales, es decir, como exhortaciones a practicar una suerte de amor desenfrenado.

3

Durante años Emma Goldman respondió al fuego de los cunservadores con sus conferencias plagadas de corrosivas críticas contra la institución del matrimonio. Luego reunió todas estas disertaciones (a las que agregó otras) y, tras darles forma de ensayo, las publicó en 1911 con el título de Anarchism and Other Essays. En esta obra puede apreciarse que sus ideas se alimentaban en la misma tradición de hostilidad hacia el matrimonio convencional que había inspirado a los socialistas utópicos, los anabaptístas, las primeras sectas heréticas cristianas y, hasta cierto punto, a Platón y otros pensadores griegos, todos los cuales rechazaron de una u otra manera el exclusivismo de una institución ligada primordialmente a la propiedad privada.

En opinión de Emma, el perjuicio fundamental del matrimonio era crear en el hombre (y en la propia esposa) la idea de que la mujer es un objeto, una cosa.

Era evidente que, en la situación imperante entonces, se educa a la mujer como objeto sexual. Por ser su cuerpo un capital que puede explotarse y utilizarse, ella toma como medida de su buen éxito la magnitud de la renta del marido. Se les enseña a las muchachas sólo esta pregunta: ¿Sabe ganarse la vida? ... Ellas no sueñan con la luna y los besos, con risas y lágrimas, sino con las visitas a las tiendas y con los escaparates llenos de gangas.

La mujer que se casa por conveniencia y la prostituta están en un mismo nivel: ambas subordinan la relación sexual a los intereses materiales (5).

La mujer, sentenciaba Emma, es un ser libre en potencia que al casarse pasa a depender del marido para siempre. Hasta su supuesta ciudadela, el hogar, es la casa del hombre, dentro de la cual transcurren sus días año tras año, hasta que su vida misma y sus relaciones humanas se vuelven tan chatas, estrechas y descoloridas como el ambiente circundante. Semejante dependencia impide necesariamente el desarrollo de una personalidad libre.

En su calidad de transacción comercial, el matrimonio da también lugar a los celos.

Emma establecía una neta distinción entre este degradante fenómeno y la angustia que despierta el amor perdido. Argumentaba que si bien la muerte del amor es virtualmente inevitable, los celos no lo son; presentó evidencias antropológicas tomadas de los escritos de Lewis Henry Morgan y Eliseo Reclus para demostrar que este sentimiento no es innato, sino más bien resultado de la intolerancia y del sentido de propiedad. El orgullo masculino se siente herido cuando ve que hay otros gallos en el gallinero; en cambio, los celos femeninos son producto del temor de perder el sostén económico, y de una mezquina envidia por quienes se ganan los favores del hombre que las mantiene. En último análisis, concluía, el matrimonio constituye el fundamento de los celos, pues se basa en la posesión de la mujer como artículo u objeto.

No excluía la probabilidad de que algunos matrimonios estuvieran unidos por el amor y de que, en ciertos casos, éste no muere con la vida matrimonial; pero, sostenía Emma, si el amor perdura lo hace a pesar del matrimonio y no gracias a él. Y después de todo, preguntaba, ¿es acaso posible ejercer coerción sobre el amor, que desafía todas las leyes?; ¿cómo puede esta fuerza avasalladora ser sinónimo de esa cizaña, engendro de la iglesia y del Estado, que se llama matrimonio?

La pregunta era retórica: el amor legítimo es, en su opinión, el absurdo final.

4

En repetidas ocasiones, Emma Goldman afirmó que la tragedia del impulso de la mujer hacia la emancipación estaba simbolizada en la devota fe que aquélla depositaba en el sufragio universal, pues nada señalaba más claramente que el movimiento feminista se perdía en cosas puramente externas.

Asombraba a su público femenino cuando decía que el sufragio universal era el moderno fetiche: Vida, felicidad, alegría, libertad, independencia, todo eso y mucho más, surgirá por arte de magia del sufragio.

A modo de respuesta a sus hermanas, que esperaban milagros del voto, les pidió simplemente que observaran qué estaba sucediendo en los cuatro Estados donde entonces sufragaban las mujeres. ¿Era allí más pura la política? En rigor de verdad, afirmó, el antiigualitarismo, la oposición a los obreros (existente desde la época de Susan B. Anthony) y el puritanismo de las votantes contribuían a aumentar aún más la podredumbre moral de la vida política.

En su concepto, la vacuidad interna y la estrechez de miras tenían sus raíces en la reacción exagerada de la mujer moderna, deseosa de librarse de su tradicional papel sexual.

A la manera de Whitman, observó que el gran movimiento tendiente a la verdadera emancipación no ha encontrado una gran raza de mujeres capaces de mirar francamente, sin trabas, a la libertad. Los conceptos limitados y puritanos de éstas desterraron al hombre de su mundo emocional por considerarlo un ser perturbador y de naturaleza dudosa. No se debía tolerar al hombre de ningún modo, salvo quizá como padre de un hijo, pues difícilmente pudiera tenerse un hijo sin un padre.

De tal manera, Emma Goldman adoptó públicamente una posición opuesta a la de Charlotte Perkins Gilman, Ida Tarbell, Jane Addams y otras dirigentes del movimiento feminista.

En opinión de Emma, estas mujeres equivocaban su enfoque por dar demasiada importancia al erróneo concepto de que sólo se requería una independencia de las tiranías externas; en cambio, consideraban que las tiranías internas -mucho más dañinas para la vida y la evolución-, las convenciones éticas y sociales, podían dejarse libradas a sí mismas ... error que las favoreció enormemente.

Coincidía con estas feministas en no aceptar que a la mujer se le asignara el papel de mero artículo sexual, pero disentía en cuanto a cuál debía ser la respuesta de la Nueva Mujer ante el problema del sexo. Muchas de las dirigentes del movimiento feminista se unían a la señora Gilman -cuya importante obra Women and Economics (1899) Emma había leído evidentemente- para deplorar la conducta de algunas mujeres demasiado sexuales, postular el valor intrínseco de la castidad y sostener que los excesos sexuales han puesto en peligro la vida de la raza.

Emma creía, por el contrario, que la tragedia de la mujer que se sostiene por sí sola o goza de libertad económica no reside en el exceso de experiencias sino en la escasez de las mismas. En fin, no atacaba únicamente la fijación de la Nueva Mujer en la panacea del sufragio sino también su inclinación al asexualismo, su tendencia a convertirse en vestales obligadas.

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Estos puntos de vista sobre el matrimonio, el derecho al voto y el sexo produjeron en las mujeres una reacción que podríamos definir como de fascinada repulsión. Les repugnaba su idea de que podían escapar sin peligro del sagrado amparo del matrimonio; les enojaba que pusiera en tela de juicio la conveniencia del voto y les chocaba que se declarara francamente partidaria de una vida sexual plena para la mujer. Pese a todb, la insatisfacción por la suerte que les tocaba dejaba el camino abierto a la duda: quizá estuviera en lo cierto, por lo menos en parte.

Un crítico socialista del antiguo Life advirtió esta incertidumbre cuando afirmó que Anarchism and Other Essays debería ser leído por todas las mujeres consideradas respetables y adoptado como libro de texto por los clubes femeninos de todo el país.

No sabía si todas estarían de acuerdo con Emma Goldman, pero creía que sus escritos les ayudarían a ver las cosas desde un nuevo ángulo, pues exalta algunos de los rasgos más nobles de la naturaleza humana.

Y, efectivamente, la Nueva Mujer, que en gran número se afilió a la Federación General de Clubes Femeninos (la cual pronto contó con más de un millón de miembros) leía el libro de Emma y concurría temerosa a oír sus conferencias, intimidada por su propia osadía. Salía conmovida y, muchas veces, convencida de que sus temores eran justificados: Emma la había hecho pensar.



Notas

(1) Senador que encabezó a los republicanos que se pronunciaron contra la política del presidente Taft, formando la Liga Republicana Progresista. (Nota de las traductoras).

(2) Disgustado porque la Convención Republicana no lo eligió candidato a presidente, Theodore Roosevelt creó el Partido Progresista o Bull Moose que, naturalmente, lo presentó para las elecciones de 1912. Olvidando el evangelio del imperialismo, Roosevelt se lanzó a predicar la necesidad de introducir reformas progresistas en el orden interno. (Nota de las traductoras).

(3) Los tiempos cambian. En 1904 detuvieron a una mujer por fumar en la Quinta Avenida; en 1929, los ferrocarriles levantaron la disposición que prohibía a las mujeres exhibir sus cigarrillos en los coches comedor. En 1934, un periodista del Sun de Nueva York, que acompañó a Emma durante un viaje en tren desde Toronto hasta Rochester, observó que ella era la única mujer de las que estaban allí que no fumaba: hacía mucho que había dejado el hábito por suponer, no sin razón, que a causa del mismo podía terminar en la cárcel y así verse, de todos modos, inevitablemente privada del cigarrillo.

(4) Cuando, décadas más tarde, falleció Emma, alguien le oyó decir a Reitman: Se han llevado a mi salvadora y no sé dónde descansa su cuerpo ... ella me dio un alma. Si bien esta expresión de dolor tenía todos los matices de su acostumbrado exhibicionismo, no dejaba de ser sincera.

(5) En realidad consideraba superior a la prostituta, pues hacía suyo el concepto de Havelock Ellis de que si comparamos a la prostituta con la mujer que se casa por dinero, esta última es la más ruin de las dos. Se le paga menos, y da mucho más en cambio en forma de trabajo y cuidados; además, está absolutamente atada a su amo. La prostituta jamás cede a otro los derechos sobre su persona ...
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