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LAS MIL Y UNA NOCHES
Han de saber, ¡oh mis hermanos!, que apenas tenía cinco años de edad cuando el mercader de esclavos me sacó de mi tierra para traerme a Bagdad, y me vendió a un guardia de palacio. Este hombre tenía una hija que en aquel momento contaba tres años. Fui criado con ella; era la diversión de todos cuando jugaba con la niña, y bailaba danzas muy graciosas y le cantaba canciones. Todo el mundo quería al negrito.
Juntos crecimos de aquel modo, y yo llegué a los doce años y ella a los diez. Y nos dejaban jugar juntos. Pero un día entre los días, al
encontrarla sola en un sitio apartado, me acerqué a ella, según costumbre. Precisamente acababa de tomar un baño en el hamman, y estaba deliciosa y perfumada. En cuanto a su rostro, parecía la luz en su décima cuarta noche.
Al verme corrió hacia mí, y nos pusimos a jugar y a
hacer mil locuras. Y la estreché entre mis brazos, mientras que ella se
me colgaba del cuello apretándome con todas sus fuerzas.
Una vez terminada la cosa, la niña se echó a reír otra vez, y volvió a besarme, pero yo estaba aterrado con lo que acababa de ocurrir, y
me escapé de entre sus manos, corriendo a refugiarme en la casa de un
negro amigo mío.
La niña no tardó en volver a su casa, y la madre, al verle sus vestidos en desorden lanzó un grito, y se cayó al suelo desmayada de
dolor y de ira. Pero cuando volvió en sí, como la cosa era irreparable,
tomó todas las precauciones para arreglar el asunto, y sobre todo para
que su esposo no supiera la desgracia. Y tal maña se dio, que pudo
conseguirlo. Transcurrieron dos meses y aquella mujer acabó por
encontrarme, y no dejaba de hacerme regalitos para obligarme a volver
a la casa. Pero cuando volví no se habló para nada de la cosa, y siguieron
ocultándoselo al padre, que seguramente me habría matado, y ni la
madre ni nadie me deseaba mal alguno, pues todos me querían mucho.
Dos meses después la madre consiguió poner en relaciones a su
hija con un joven barbero, que era el barbero de su padre, y con tal
motivo iba mucho a casa. Y la madre le dio una buena dote de su
peculio particular y le hizo un buen equipo. En seguida llamaron al
barbero, que se presentó con todos sus instrumentos. Y el barbero me
ató y convirtió en eunuco. Y se celebró la ceremonia del casamiento, y
yo quedé de eunuco de mi amita, y desde entones tuve que ir precediéndola
por todas partes, cuando iba al zoco, o cuando iba de visitas
o a casa de su padre. Y la madre hizo las cosas tan discretamente, que
nadie supo nada de la historia, ni el novio, ni los parientes, ni los
amigos.
Desde entonces viví con mi amita en casa de su marido el barbero.
De modo que sin peligro y sin despertar sospechas, pude seguir viviendo con mi ama hasta que murieron ella, su marido y sus padres.
Entonces pasaron a mi todos los bienes, y llegué a ser eunuco de palacio,
igual que ustedes, ¡oh mis hermanos negros! Tal es la causa de que
me mutilaran. Y ahora, la paz sea con ustedes.
Dicho lo que antecede, el negro Sauab se calló, y el segundo
negro, Kafur, tomó la palabra y dijo:
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