Federico Nietzsche
Poesías
Primera edición cibernética, diciembre del 2002
Captura y diseño, Chantal López y Omar Cortés
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Después de una noche de tempestad.
Federico Nietzsche es conocido por sus obras filosóficas pero pocos saben que también escribió poesía.
En efecto, el afamado filósofo, autor del Nacimiento de la Tragedia, plasmo sus sentimientos en varias poesías, cosa que no es de extrañar puesto que muchos trozos de sus obras filosóficas, bien podrían así leerse.
Nacido en el poblado de Röcken el 15 de octubre de 1844, el célebre autor de El anticristo cursaría sus primeros estudios en Pforta, para, posteriormente, estudiar filología en las Universidades de Leipzig y Bonn.
Para 1869 impartiría cátedra en la Universidad de Basilea. Como maestro adquirió prestigio y fama, pero abandonaría la cátedra en 1879 por problemas de salud.
Para librarse de su enorme padecimiento de insomnio, Federico Nietzsche optó por el consumo de determinado tipo de narcóticos, lo que le ocasionaría una serie de malestares aún peores que el insomnio, y que finalmente le conducirían a la locura. Fue entonces internado en un sanatorio psiquiátrico en Jena en donde parcialmente se recuperaría para ir a vivir al lado de su madre; una vez muerta su madre, le tocaría a su hermana el cuidarlo. Pero el fallecimiento de su madre propició un acelerado desarrollo de su enfermedad mental. Finalmente moriría en Weimar a la edad de 55 años, el 25 de agosto de 1900.
El autor de Así hablaba Zaratustra definió su poesía como una llama, esto es, la simbolización del fuego eterno. Y es mediante ese simbolismo que deben leerse cada una de las poesías que comprenden la presente edición virtual.
El fuego consumiéndolo todo, el fuego alzándose majestuoso, mostrando su poder y su grandeza: he ahí la representación de Federico Nietzsche, ese filósofo aclamado por unos, rechazado por otros e incomprendido por la inmensa mayoría.
Esperamos que la presente edición sea apreciada por todo aquel que la lea.
Chantal López y Omar Cortés
Tengo mi hogar y patria en las alturas;
Por esto de subir no siento anhelo
Ni mis ojos levanto nunca al cielo.
Desde arriba yo miro las honduras.
Yo soy uno que debe bendecir,
y todo el que bendice mira al suelo.
¡Bien! ¡Olas caprichosas! ¿Irritadas
Contra mí os levantáis? ¿Y con rugidos
De sorda cólera asediáis mi barca?
¡Ah, necias! Con mi remo
Vuestra cerviz aplasto; y esa barca,
Con tan ciego furor vosotras mismas
A la inmortalidad la vais llevando.
No quieras ser jamás e! timbalero
De tu propio destino.
Abandona el camino
De todo ese bum-bum de falsa gloria.
Alégrate no sea difundido
Con rapidez tu nombre;
y sepas ser un hombre
Que ahorrar su propia fama ha conseguido.
No lo tomes a mal, Melancolia,
Que yo aguce la pluma en tu alabanza
E inclinando la frente pensativa,
Ardiendo en tus loores, yo me siente
Solitario en un tronco. ¡Tantas veces!
Tu me viste -era ayer, bien lo recuerdo-
Bañado en los fulgores matutinos
Del sol ardiente! Allá en el hondo valle
Graznaba el buitre de botín sediento ...
Es que soñaba en un cadáver yerto
Allá en el yerto tronco abandonado.
¡Ah, cómo te engañabas, ave tétrica,
Aun cuando yo, cual una momia, inmóvil,
Seguía allí en mi tronco! No veías
Mis ojos, no; los ojos que extasiados
Aquí y allá rodaban, fulgurantes
De altivez. Y por más que a tus sublimes
Alturas remontarse no podían,
Donde acceso las más lejanas nubes
No tienen, tanto más profundamente
En el abismo de la vida hundíanse
Para dejarlo todo iluminado
Con la divina luz de sus relámpagos.
Así sentado en medio las profundas
Soledades, pasaba yo las horas
Rudamente encorvado, a semejanza
Del bárbaro presente al sacrificio,
Pensando siempre en ti, Melancolía.
¡Tan joven todavía y penitente!
Así yo me gozaba en el magnífico
Vuelo del buitre, en el rodar tronante
De los aludes que la selva aplastan;
Y allí me hablabas tú, deidad que ignoras
La ruindad tan humana del engaño;
Allí me hablabas íntima y sincera
Aunque con faz severa, aterradora.
Y tú, ruda deidad, que del granito
Posees la firmeza, oh tú, mi amiga,
Gustas a mí cercana aparecerte;
Con gesto de amenaza tú me muestras
El siniestro volar del buitre hambriento
Y el desplomarse del alud gigante,
Deseoso de aplastarme. En torno mío
Respira jadeante y rechinando
Un anhelo feroz de sanguinaria
Crueldad, con un deseo obsesionante
De arrancar por doquier vida a zarpazos.
La solitaria flor por mariposas
Suspira tentadora allá en la peña.
Yo soy todo esto -siéntolo temblando-
Enamorada mariposa, dulce
Flor solitaria, el buitre carnicero
Y el arroyuelo helado y el terrible
Rugir de la borrasca -todo, todo
Para tu gloria y en tu prez perpetua;
Oh tú, diosa feroz, a quien postrado
Y humillada la frente, entre gemidos
Mi temerosa voz levanta un himno
Gimiente, suplicando me concedas
De vida, vida, vida, estar sediento
Súfreme ahora, oh tú, deidad maligna,
Que con gentiles rimas te corone.
Si tiembla todo aquel a quien te acercas,
Si se estremece aquel a quien alargas
La despiadada diestra, en tu presencia
Temblando balbuceo este mi canto
Y me estremezco en mis convulsos ritmos;
La tinta fluye, viva centellea
La aguda pluma; ahora oh, diosa, diosa,
Déjame libre y libre me gobierne.
¿Ya nunca hacia atrás?
¿Ni avanzar jamás?
Así yo aquí espero
Y obstinado cojo
Lo que asir me dejan la mano y el ojo.
Cinco pies de lierra y la aurora en suerte,
Y bajo mis plantas ... Hombre, Mundo, Muerte.
Después de una noche de tempestad
Hoy asomas tu rostro a mi ventana
Como una niebla informe, triste diosa;
El pálido sudario se devana
Medrosamente al viento;
Prorrumpe en melancólico lamento
Del arroyo la vena hoy caudalosa.
Entre el relampagueo y el salvaje
Bramar del trueno.
Envuelto en los girones
De negros nubarrones,
Has preparado con mortal veneno
Oh, terrible hechicera, tu brebaje.
A media noche oí tu voz siniestra
Aullando de placer y de dolor,
Vi fulgurar tus ojos, vi tu diestra
Esgrimiendo, convulsa de venganza,
Cual titánica lanza,
El rayo asolador.
Y toda armada así, a mi pobre encierro
De noche te has querido acercar hoy;
Llamando a mis cristales con el hierro
De tus armas radiantes
Me has dicho: ¡No te espantes!
¡Quiero decirte ahora quién yo soy!
Yo soy la grande, la eterna amazona,
Jamás débil, ni muelle, ni mujer;
Cuando en la lucha mi furor se encona,
Impávida me bato
Con viril arrebato;
¡Soy la Tigresa de infernal poder!
Siempre sobre cadáveres camino;
Cruel es mi destino;
Teas arrojan mis airados ojos;
Mi cerebro ponzoñas elabora.
Mortal, cae de hinojos;
A mi presencia adora
O púdrete al momento, vil gusano,
¡Extínguete por siempre, fuego vano!
¿Tener yo pensamientos?
¡Buenol Ya sé que por señor me quieren.
¿Pero hacerse uno mismo pensamientos?
¡Cuán gustoso olvidara yo tal arte!
A aquel que se fabrica psnsamientos
Sus mismos pensamicntos le dominan;
Y no quiero servir ahora ni nunca.
A través de la noche el caminante
A buen paso camino va adelante,
Y va dejando atrás sin pesadumbre
El hondo valle, la escarpada cumbre.
La noche es bella, pero ¿qué le importa?
Por nada su ligero paso acorta,
Aunque no sepa, pobre peregrino,
A donde ha de llevarle su camino.
De pronto un ave canta. Oh, ave, dime:
¿Qué es lo que haces? Dí, ¿por qué me oprime
Tu voz mi corazón y me detienes?
Dime por qué derramas en mis sienes
Ese sopor tan dulce que asi liga
Mis sentidos y, oyéndote, me obliga
A suspender mi marcha. ¿A qué me llamas
Con tu trinar, oculto entre las ramas?
El buen pájaro calla, y dice así:
No, caminante; no te llamo a ti;
Desde esta cumbre, en trémulos gorjeos
La hembra llamando estoy de mis deseos.
¿Qué te importa? Soñando siempre en ella,
Para mi solo no es la noche bella.
¿Qué te importa? En el mundo siempre errante,
No te has de detener un solo instante.
¿Aún inmóvil estás? ¡Ah, peregrino!
¿Qué se te da de mi cantar divino?
Calló el buen pájaro y pensó entre si;
¿Qué le importa mi dulce melodía?
¿Qué hace aqui
Sin moverse todavia?
No te detengas, pobre caminante;
Siempre adelante ve, siempre adelante.
A medio día, cuando ya comienza
A escalar las montañas el estío,
El muchacho de ardientes y cansados
Ojos se pone a hablar; pero tan sólo
Vemos su hablar. Exhálase su aliento
CuaI de un enfermo el respirar se exhala
Una noche de fiebre. Y los abetos,
Y la fuente, y también el ventisquero
Su respuesta le dan; pero tan sólo
Esa respuesta vemos. Pues más raudo
Desde la abrupta peña se derrumba
La pujante cascada, dibujando
Un saludo profundo y se despliega
Como una blanca y trémula columna,
Rígida y tensa en un vibrante anhelo;
Y como nunca íntimamente obscuro
Y erguido, al rededor mira el abeto,
Y entre el hielo y la muerta peña parda
Estalla un resplandor súbitamente ...
Tal resplandor yo vi que el alma aclara.
Ah, los ojos también del hombre muerto
Una vez todavía se iluminan
Cuando su hijito cíñele en sus brazos,
Cuando le besa el labio de su niño.
Aun brota entonces una vez la llama,
Mas para ir a ocultarse en los adentros;
Y aun ardiendo los ojos del difunto
Hablan así: ¡Ay niño, pobre niño!
Tú bien lo sabes como yo te amo!
Todo habla con ardor ... El ventisquero,
El abeto, la fuente ... Todo exhala
Una misma palabra: Pobre niño,
Te amamos, sí, te amamos, bien lo sabes!
Y él, el muchacho que contempla el mundo
Con ojos encendidos y cansados,
Le envía fervoroso y melancólico
Un beso de pasión, y no quisiera
Nunca jamás partir de su presencia
Y es su palabra en su ardoroso labio
Cual un velo invisible y balbucea:
Mi saludo ha de ser de despedida;
Mi venir es partir; yo muero joven.
Todo parece que en redor escuche,
Todo parece reprimir su aliento.
Ningún pájaro pía. Mas de pronto
Un resplandor encima de los montes
Rasga el cielo dejando escalofríos.
Todo parece meditar en torno,
Todo calla ...
A medio día, cuando ya comienza
A escalar las montañas el estío,
Aquel muchacho contemplaba el mundo
Con sus ojos ardientes y cansados.
Verdades que jamás sonrisa alguna
En su oro haya bañado ... ¡cuán indómitas,
Cuán verdes y cuán ásperas verdades!
En torno mío aguardan impacientes.
Verdades quiero para nuestros pies,
Verdades que a la danza nos inviten.
Sé lámina de oro ...
De este modo verás como se graban
En letras de oro en ti todas las cosas.
Otra vez el otoño, otra vez la estación
Que te destroza aún el corazón ...
Huye lejos de aquí, ¡huye volando!
Ya va avanzando el sol hacia los montes
Y sube, y sube, y sube,
Y descansa, descansa en cada nube.
¡Oh, qué marchito está ya el mundo!
El viento va tañendo su canción
En cuerdas fatigadas de tan tensas.
La esperanza voló ...
Vuela tras ella el viento
Con un nostálgico lamento.
Otra vez el otoño, otra vez la estación
Que despedaza aún tu corazón
Huye lejos de aquí, ¡huye volando!
Fruto del árbol,
Tú tiemblas. Di, ¿tal vez vas a caer?
Di, ¿qué secreto te contó la Noche?
¿Por qué una palidez mortal mancilla
Tu encendida mejilla?
Tú callas; ¿no respondes?
¿Quién habla todavía?
Otra vez el otoño, otra vez la estación
Que te destroza aún el corazón
Huye lejos de aquí, ¡huye volando! ...
No soy hermosa,
-Tal la flor estrellada ha susurrado-,
Pero yo amo a los hombres,
Yo a los hombres consuelo.
Los hombres han de ver aún más flores,
Se inclinarán para cogerme
Y acabarán sus manos por romperme
Y brillará en sus ojos un recuerdo,
Recuerdo de algo, de algo más hermoso
Aún que yo misma ...
Lo veo, ya lo veo ...
Y muero de deseo ...
Otra vez el otoño, otra vez la estación
Que despedaza aún tu corazón
¡Huye lejos de aquí, huye volando!
Un arroyo danzante, centelleante,
Que en tortuoso lecho de peñascos
Rebulle aprisionado ...
¿Qué es lo que puede hacerle otra vez libre?
Entre las negras rocas
Fulgura su impaciencia y se extremece.
Tortuoso es el camino
De todo grande hombre, de toda gran corriente,
Pero incesantemente
Marchan y avanzan hacia su destino.
¡Oh, supremo valor! No son miedosos
De caminos tortuosos.
¿Será nuestra caza de la verdad
Una caza de la felicidad?
Ya que el día cansado está del día,
Ya que el ansia anhelante del arroyo
Esperanzas susurra de consuelo,
Ya que la esfera pálida del cielo
En finas blondas de oro suspendida,
¡Descansa! al oído dice al fatigado ...
¿Por qué, mi corazón, tú no descansas?
¿Qué te espolea en tu incesante huida
Que los pies te ensangrienta?...
Dí, ¿qué esperas?
La aplicación envidio al aplicado;
Dorado siempre igual le pasa el día;
Un día y otro día, siempre iguales,
Van a hundirse en el negro mar del Tiempo ...
Y de su tienda en derredor floreces,
Tú que a las almas, ágiles conservas,
Sacra flor del Olvido.
Yo escuchaba con todos mis sentidos ...
Ni el más leve rumor Ilegaba a mi.
El mundo estaba mudo ...
Yo escuchaba con el vivaz oído
De mi curiosidad. Por cinco veces
Por encima de mi tiré el anzuelo;
Sin ningún pez lo retiré otras cinco ...
Pregunté ... No cayó respuesta alguna
En mis redes vacias ...
Yo escuchaba
Con el vivaz oído de mi Amor.
Yo te saludo, Amistad,
Oh, primera claridad
De mi suprema esperanza
Ah, muchas y muchas veces
Esa noche, ese camino
De mi trágico destino
Pareciéronme sin fin;
y toda, toda la vida
Sin objeto y maldecida,
Digna de mi odio y ruín
¡Ah, vivir quiero dos veces.
Ahora que tú me apareces,
¡Oh, mi más cara deidad!
Pues la victoria y la aurora
Tus ojos he visto ahora
Inundar de claridad.
¿A quíén he amado más que a ti, querida sombra?
A mí y en mí yo te he acercado, y desde entonces
Me he convertido casi en sombra y tú en un cuerpo.
Pero mís ojos aprender nunca pudieron
Por su costumbre de mirar todas las cosas
fuera de sí: tú seguirás siendo el eterno
fuera de mí ... ¡Ay, esos ojos
Que siempre a mi fuera de mi me están llevando!
Aquí crecí por encima
Del hombre y del animal;
Yo hablo, pero, ¡ay! conmigo
No había ningún ser mortal.
Demasiado solitario
Y alto en exceso crecí.
Yo espero, pero me digo:
¿Qué estoy esperando aquí?
Demásiado cerca el solio
De las nubes de mí está;
Sólo espero el primer rayo
Que aquí me derribará.
Venís a sacudirme,
Imbéciles, preciso en el momento
En que en un inefable arrobamiento
Iba ya a sumergirme.
Jamás un sobresalto tan fatal
En mi vida he sentido;
Mi sueño de oro, mi ideal
¡Se me ha desvanecido!
Con vuestras torpes trompas de elefante
Me queréis husmear, sin previo aviso.
¿Más cortés no sería y más galante
Solicitar primero mi permiso?
Del susto os he arrojado la corteza
De mis frutos de oro en la cabeza.
¡Oh, dicha! Ansiada dicha,
Oh tú, suprema presa
Que siempre estás cercana
Mas no bastante cerca;
Que siempre eres mañana,
Mas nunca en el hoy llegas.
¿Quizá en exceso joven,
Joven sin experiencia,
A este cazador tuyo
Que te persigue, encuentras?
¿Eres tú del pecado
En realidad la senda,
De entre todas las culpas
Oh, culpa, la más bella?
En genovés, amiga, Colón dijo,
No vuelvas a poner tus esperanzas;
Siempre el azur está mirando fijo
Y le atraen las vagas lontananzas.
Hoy caro para mi es lo más lejano.
¡Génova ... A mis espaldas ya te hundiste!
¡Arriba, corazón! ... Empuña, oh, mano,
Con fuerza el gobernable; sólo existe
Para mi el mar que el infinito encierra ...
¿Y tierra? ... ¿Y tierra? ... ¿Y tierra? ...
Que en un retroceder jamás confíen
Los que alargan la mano a la victoria;
Alla lejos nos llaman y sonríen
¡Una Muerte, una Dicha y una Gloria!
Las cornejas, con lúgubres graznidos
En denso vuelo a la ciudad ya tornan.