Índice de La tia Tula de Miguel de Unamuno | Anterior | Siguiente | Biblioteca Virtual Antorcha |
---|
19
Fuera de este cuidado maternal por la pobre criaturita de la muerte de Manuela, cuidado que celaba una expiación y un culto místicos, y sin desatender a los otros esforzándose por no mostrar preferencias a favor de los de su sangre, Gertrudis se preocupaba muy en especial de Ramirín y seguía su educación paso a paso, vigilando todo lo que en él pudiese recordar rasgos de su padre, a quien físicamente se parecía mucho. Así sería a su edad, pensaba la tía y hasta buscó y llegó a encontrar entre los papeles de su cuñado retratos de cuando éste era un chicuelo, y los miraba y remiraba para descubrir en ellos al hijo. Porque quería hacer de éste lo que de aquél habría hecho a haberle conocido y podido tomar bajo su amparo y crianza cuando fue un mozuelo a quien se le abrían los caminos de la vida. Que no se equivoque como él -se decía-, que aprenda a detenerse para elegir, que no encadene la voluntad antes de haberla asentado en su raíz viva, en el amor perfecto y bien alumbrado, a la luz que le sea propia. Porque ella creía que no era al suelo, sino al cielo, a lo que había que mirar antes de plantar un retoño; no al mantillo de la tierra, sino a las razas de lumbre que del sol le llegaran, y que crece mejor el arbolito que prende sobre una roca al solano dulce del mediodía que no el que sobre un mantillo vicioso y graso se alza a la umbría. La luz era la pureza.
Fue con Ramirín aprendiendo todo lo que él tenía que aprender, pues le tomaba a diario las lecciones. Y así satisfacía aquella ansia por saber lo que desde niña le había aquejado y lo que hizo que su tío la comparase alguna vez con Eva. Y de entre las cosas que aprendió con su sobrino y para enseñárselas, pocas le interesaron más que la geometría. ¡Nunca lo hubiese ella creído! Y es que en aquellas demostraciones de la geometría, ciencia árida y fría al sentir de los más, encontraba Gertrudis un no sabía qué de luminosidad y de pureza. Años después, ya mayor Ramirín, y cuando el polvo que fue la carne de su tía reposaba bajo tierra, sin luz de sol, recordaba el entusiasmo con que un día de radiante primavera le explicaba cómo no puede haber más que cinco y sólo cinco poliedros regulares; tres formados de triángulos: el tetraedro, de cuatro; el octaedro, de ocho, y el icosaedro, de veinte; uno de cuadrados: el cubo, de seis; y uno de pentágonos: el dodecaedro, de doce. ¿Pero no ves qué claro?, me decía -contaba el sobrino-; ¿no lo ves?, sólo cinco y no más que cinco, ni uno menos, ni uno más, ¡qué bonito! Y no puede ser de otro modo, ¡tiene que ser así!, y al decirlo me mostraba los cinco modelos en cartulina blanca, blanquísima, que ella misma había construido, con sus santas manos, que eran prodigiosas para toda labor, y parecía como si acabase de descubrir por sí misma la ley de los cinco poliedros regulares ..., ¡pobre tía Tula! Y recuerdo que como a uno de aquellos modelos geométricos le cayera una mancha de grasa, hizo otro porque decía que con la mancha no se veía bien la demostración. Para ella la geometría era luz y pureza.
En cambio huyó de enseñarle anatomía y fisiología. Esas son porquerías -decía- y en que nada se sabe de cierto ni de claro.
Y lo que sobre todo acechaba era el alborear de la pubertad en su sobrino. Quería guiarle en sus primeros descubrimientos sentimentales y que fuese su amor primero el último y el único. Pero ¿es que hay un primer amor?, se preguntaba a sí misma sin acertar a responderse.
Lo que más temía era las soledades de su, sobrino. La soledad, no siendo a toda luz, la temía. Para ella no había más soledad santa que la del sol y la de la Virgen de la Soledad cuando se quedó sin su Hijo, el Sol del Espíritu. Que no se encierre en su cuarto -pensaba-, que no ésté nunca, a poder ser, solo; hay soledad que es la peor compañía; que no lea mucho sobre todo, que no lea mucho; y que no se esté mirando grabados. No temía tanto para su sobrino a lo vivo cuanto a lo muerto, a lo pintado. La muerte viene por lo muerto, pensaba.
Confesábase Gertrudis con el confesor de Ramirín, y era para, dirigiendo al director del muchacho en la dirección de éste, ser ella la que de veras le dirigiese. Y por eso en sus confesiones hablaba más que de sí misma de su hijo mayor, como le llamaba. Pero es, señora, que usted viene aquí a confesar sus pecados y no los de otros, le tuvo que decir alguna vez el padre Álvarez, a lo que ella contestó: Y si ese chico es mi pecado ...
Cuando una vez creyó observar en el muchacho inclinaciones ascéticas, acaso místicas, acudió alarmada al padre Álvarez.
-¡Eso no puede ser, padre!
-Y si Dios le llamase por ese camino ...
-No, no le llama por ahí; lo sé, lo sé mejor que usted y desde luego mejor que él mismo; eso es ... la sensualidad que se le despierta ...
-Pero, señora ...
-Sí, anda triste, y la tristeza no es señal de vocación religiosa. ¡Y remordimiento no puede ser! ¿De qué ...?
-Los juicios de Dios, señora ...
-Los juicios de Dios son claros.
-Y esto es oscuro. Quítele eso de la cabeza. ¡Él ha nacido para padre y yo para abuela!
-¡Ya salió aquello!
-¡Sí, ya salió aquello!
-¡Y cómo le pesa a usted eso! Líbrese de ese peso ... Me ha dicho cien veces que había ahogado ese mal pensamiento ...
-¡No puedo, padre, no puedo! Que ellos, que mis hijos -porque son mis hijos, mis verdaderos hijos-, que ellos no lo sepan, que no lo sepan, padre, que no lo adivinen ...
-Cálmese, señora, por Dios, cálmese ..., y deseche esas aprensiones ..., esas tentaciones del Demonio, se lo he dicho cien veces ... Sea la que es ... la tía Tula que todos conocemos y veneramos y admiramos ...; sí, admiramos ...
-¡No, padre no! ¡Usted lo sabe! Por dentro soy otra ...
-Pero hay que ocultarlo ...
-Sí, hay que ocultarlo, sí; pero hay días en que siento ganas de reunir a sus hijos, a mis hijos ...
-¡Sí, suyos, de usted!
-¡Sí, yo madre, como usted ... padre!
-Deje eso, señora, deje eso ...
-Sí, reunirles y decirles que toda mi vida ha sido una mentira, una equivocación, un fracaso ...
-Usted se calumnia, señora. Ésa no es usted, usted es la otra ..., la que todos conocemos ..., la tía Tula ...
-Yo le hice desgraciado, padre; yo le hice caer dos veces: una con mi hermana, otra vez con otra ...
-¿Caer?
-¡Caer, sí! ¡Y fue por soberbia!
-No, fue por amor, por verdadero amor ...
-Por amor propio, padre -y estalló a llorar.
Índice de La tia Tula de Miguel de Unamuno | Anterior | Siguiente | Biblioteca Virtual Antorcha |
---|